Cristales

(Cuento)

En el principio existía una tierra noble y aguamarina en la que vivían seres de brillante cristal. Su hermosura y armonía causó la envidia y la ira de otros planetas, que les declararon la guerra, la forma del caos que desde tiempos inmemorables se argumenta para ensalzar egos mezquinos. Los seres transparentes no tenían armas. Perdieron la guerra. Esos gigantes de cristal se quebraron, fueron separados en pedazos y lanzados a tiempos y mundos distintos. Su suerte sería encontrar los fragmentos de su cuerpo y su espíritu en varias vidas, en dimensiones a veces paralelas, abstractas unas, sustanciales otras. Algunos de esos cristales fueron partidos en miles de pedazos, algunos destruidos completamente. Los sobrevivientes buscarían por la eternidad sus 20 fragmentos o más, y serían realmente afortunados quienes comprendieran que valdría más rescatar el  mayor de todos y olvidarse de las aristas jamás reencontradas. Aquellos que se conformarían –y en eso ayudó la costumbre– a encontrar una parte de buen tamaño asegurarían que esa era la mitad que los completaba.

                Valen las mentiras cuando el asombro de lo perdido y de lo inmaterial no puede explicarse en un universo plagado de hermosura y horror. Una de esas aristas descansa en otra dimensión y quizá para encontrarla se tendrá que perder o dejar aquellas que hoy sí se acompañan. Algunos dicen que estos nuevos seres son espirales de experiencias: aunque avancen, corren el riesgo de olvidarlo y encontrarse de nuevo con sus mismos miedos. Desde esta vista solo se reconocen incompletos y luchan por encontrar en otros su perfección, recuerdan andares cristalinos eternos que nunca serán aquellos del origen y que se difuminan entre lo que se inventa cada vez. Quizá alcanzarían atisbos de lo que conciben como felicidad al admitir que el brillo permanece en esa otra especie que emergió, pero que ya no es gigante ni tan hermosa ni completamente de cristal.

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