Al escritor inasible
(Cuento)
Cuando murió Gabo, que ni
presentación requiere, fue divertido observar a los periodistas cambiar por
completo un número de revista no literaria y llenarla de una vida que pareciera
que vivimos todos, como cuando bebimos juntos y no recordamos cómo llegamos a
la cama o al suelo. Divertido ver cómo se arman rompecabezas de lo que nunca
leyeron, del que no recuerdan más que fechas y títulos de libros (siempre
corroborables) jamás ojeados ni hojeados.
Cuando un anciano de unos ochenta
o noventa años muere, me parece ridículo que se diga que ha dejado un gran
vacío. Es muy probable que ese vacío lo haya dejado ya unos diez años antes por
pura manía o porque la realidad es que sí, la vida cansa, y uno a los setenta
quiere un poco de calma.
Es más digno un suicidio a los diecinueve años, con un futuro prometedor como escritor y músico de un tal Julio Clara, tan amorfo y tan olvidado como una Gabriela Navassi, con apellido que dicen que era irlandés-no italiano y con ascendencia cubana (lo que no se decía) perdida en un trópico amenazante que, sí, era otra escritora, crítica enriquecedora y gestora cultural que tampoco nadie sabe que existió y que murió de cáncer a los treinta y dos años.
Valdría la pena rescatar esos nombres, esos rostros, esas líneas dibujadas con una letra ilegible de manuscrito entristecido. Sí, los grandes son grandes, con grandes artificios de oficios no bien pagados (a menos que sean nobeles, entre otras preseas) en un mundo delincuente de analfabetas.
A ese niño de diecinueve años se le acabaron las esquinas para narrar su infancia insufrible. Sus dolores concertados en un corazón pequeño, idealista, muy moderno. Sus poemas, que recuerdo como ecos en un valle oscuro, simbolizaban el entrañable anhelo de vivir temporadas pasadas, mediante colajes de fotografías en blanco y negro. Porque encajar en tu presente es como estar muerto.
Para esa gestora de mirada curiosa, sonrisa encantadora (que no podés dejar de mirar aunque no hable contigo) y cabello tricolor (que fue cayendo completo, devastador) se le acabaron los días prematuros para asimilar algas y estalactitas que nacían de afuera hacia dentro y de dentro hacia fuera como enredaderas, como esas líneas que se cruzan en el tartán o en los tejidos guatemaltecos.
La prisa, quien conoce la prisa, se olvida del llanto. Se olvida de la vida en familia que se asemeja a mazmorra. Se olvida la muerte de un padre (para bien o para mal, un padre) que enseñó a leer, que marcó tatuajes en la piel inversa, la que todos llevamos dentro.
Es más digno un suicidio a los diecinueve años, con un futuro prometedor como escritor y músico de un tal Julio Clara, tan amorfo y tan olvidado como una Gabriela Navassi, con apellido que dicen que era irlandés-no italiano y con ascendencia cubana (lo que no se decía) perdida en un trópico amenazante que, sí, era otra escritora, crítica enriquecedora y gestora cultural que tampoco nadie sabe que existió y que murió de cáncer a los treinta y dos años.
Valdría la pena rescatar esos nombres, esos rostros, esas líneas dibujadas con una letra ilegible de manuscrito entristecido. Sí, los grandes son grandes, con grandes artificios de oficios no bien pagados (a menos que sean nobeles, entre otras preseas) en un mundo delincuente de analfabetas.
A ese niño de diecinueve años se le acabaron las esquinas para narrar su infancia insufrible. Sus dolores concertados en un corazón pequeño, idealista, muy moderno. Sus poemas, que recuerdo como ecos en un valle oscuro, simbolizaban el entrañable anhelo de vivir temporadas pasadas, mediante colajes de fotografías en blanco y negro. Porque encajar en tu presente es como estar muerto.
Para esa gestora de mirada curiosa, sonrisa encantadora (que no podés dejar de mirar aunque no hable contigo) y cabello tricolor (que fue cayendo completo, devastador) se le acabaron los días prematuros para asimilar algas y estalactitas que nacían de afuera hacia dentro y de dentro hacia fuera como enredaderas, como esas líneas que se cruzan en el tartán o en los tejidos guatemaltecos.
La prisa, quien conoce la prisa, se olvida del llanto. Se olvida de la vida en familia que se asemeja a mazmorra. Se olvida la muerte de un padre (para bien o para mal, un padre) que enseñó a leer, que marcó tatuajes en la piel inversa, la que todos llevamos dentro.
Cuando murió Gabo, que ni
presentación requiere, fue divertido observar a los periodistas cambiar por
completo un número de revista no literaria y llenarla de una vida que pareciera
que vivimos todos, como cuando bebimos juntos y no recordamos cómo llegamos a
la cama o al suelo. Divertido ver cómo se arman rompecabezas de lo que nunca
leyeron, del que no recuerdan más que fechas y títulos de libros (siempre
corroborables) jamás ojeados ni hojeados.
Claro que Gabo intuía lo de la
muerte y la prisa. Nadie escribe sin tratar
de interpretar a esas dos hermanas que juegan en jardines azules o entre polvos
de olvido. Los que han vertido o escupido un buen libro se quedan en las
sensaciones de los leídos y neófitos. Si
la palabra vibra, es porque ha tallado en piedra nuestros nombres.
Gabo murió con laureles y miles
de ejemplares vendidos, no siempre (como a cualquier autor le sucede) de sus
mejores escritos. Lo común de estas tres almas, porque no hay duda de que los
tres tenían muchas coincidencias entre las sienes y la tinta (trazos digitales
incluso), entre lecturas y ansiedades, es…
… que ya no hablaré de ángeles
sin rostro con adolescentes suicidas, ni de las etapas de la enfermedad, la
muerte y el inminente futuro con criaturas sorprendentemente eruditas en
tierras de hambre, ni de niñas putas y viejos estériles con nobeles
escribientes en lucha continúa con sus congéneres por sus premiados Macondos. Porque
los diálogos versarán desde su partida en interpretaciones del recuerdo, como
cuando se cierra un libro.
Las suposiciones gramaticales,
estilos literarios y personajes desvirtuados en mundos imaginarios tan posibles
como los adioses serán materia para los vivos. Así como los grandes descubrimientos que encuentran
los periodistas después del asesinato, después del entierro, después de las
cenizas.



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