Arrebato

(Cuento)



Un día empezó a despotricar toda su frustración en una hoja arrancada de su agenda. Comenzó cronológicamente sus 30 años de vida y el sinfín de experiencias que representaban retos davidianos ante el Goliat de la ignorancia y los negocios claroscuros de las editoriales, y mientras escribía… se enteró de lo falso que puede escucharse la turbación literaria de un escritor en su fase niña en sus días malos.
Al décimo párrafo, de lo que prometía material para novela, en el que contaba retazos melancólicos de la historia de sus padres (¡cuántos anhelos, cuántas decepciones, cuántas sonrisas a  pesar de sus pesares!),  su mano se detuvo.

Hasta que vio escrito y releyó sus garabateadas líneas surcando tachones, y recordó después de  décadas lo que habían dejado esos dos seres que no le dieron la vida perfecta pero tampoco mediocre ni fatídica, entendió las manías de su propia alma: sensaciones superfluas comparadas con el arrancarse la piel y los sueños para cuatro hijos y el alimento diario y suficiente para seis bocas y eventuales mascotas (perros, gatos, ratones, conejos, esa granja casera), en un país donde no todos corren la misma suerte, ni la misma angustia ni la misma hambre.  
(Fotografía tomada de www.todanoticia.com)

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