El muro


(Cuento)



 “El muro es un pequeño espacio donde sucedían cosas grandes, ahí nos conocimos, lloramos, reímos, gritamos, nos enamoramos, escuchamos mentiras, escribimos verdades, deletreamos letra por letra nuestro nombre...”                                                                               Fernando Quisquinay




Unos ojos se abren, parpadean. La cabeza a la que pertenecen piensa que ve. Lo que ve es precisamente algo que el entendimiento no se atreve a dilucidar porque es muy simple. La pregunta a formular es: ¿qué hace un muro aquí? Después de esa pregunta obvia se agolpan las demás de corte existencial: ¿dónde estoy? ¿Por qué estoy aquí? ¿Olvidé quien soy? ¿Quién soy? Aquí nos detenemos para divagar.
Es 1983, en una ciudad sin nombre en la que caminan cientos de miles de pies, y al extremo contrario, van las cabezas ocupadas —ausentes en lo que tienen que hacer. Al margen de esa monotonía, el barro que se limpia a veces de los zapatos se entinta de lluvia rojiza —cráneos rotos, lágrimas secas, miedos indecibles: miles de muertos, muchos acurrucados en fosas que esperan ser encontrados pese al Tiempo, al olvido—. Algunos justifican el exterminio en el reino animal y también en todo aquello que supone la evolución y avance del ser humano. Gobierna un asesino verde convencido de que todos son tan estúpidos como él. Años después, las fotografías y los restos de documentos confirmarán que realmente tenía razón.
Esta historia no comienza ese año ni con esas personas ni solo en ese país. Tiene un trasfondo perverso y amorfo, manipulador y consciente de la muerte; es un pequeño dios, y algunos de los títeres, más pequeños aún, se creen a semejanza de él. ¿Puede la crueldad ser tan descarada? Sí. ¿Puede ser el color de la piel el detonador del odio? Sí. ¿Pueden los supuestos, las hipótesis, los rumores creerse como verdad? Sí. ¿Puede el ser humano convertirse en cordero? Sí. ¿Puede el ser humano ser el frío asesino de su hermano? Sí.
Frente al muro protagonista, puede manifestarse, en reluciente expresión, la morbosa idea de descubrir lo contrario a esa estructura sólida. Quien se encuentra frente a él dispone el cuerpo, por manía gira primero el torso, los pies están seguros por ahora. Los brazos desean apoyar la causa, para que el cuello no haga demasiado esfuerzo y los músculos tensos, lentamente, contribuyan a que el movimiento de torque no sea por demás violento, sino quiera aparentar una sumisa curiosidad no dirigida por los ojos. La mirada se pierde en un horizonte árido. La arena incontable reseca los labios y la piel. No hay nada. Solo queda el muro.
Dicen que en esta historia hubo guerra. Dos bandos luchando, corriendo, disparando, muriendo, defendiendo, con la idea romántica de que se está en el lado correcto de la línea divisoria que nos convierte en mutilador y cercenador de cuerpos, con armas o la ignorancia a cuestas. Resulta fácil tergiversar las palabras, conjeturar que la ley del más fuerte es la más justa o la más lógica. En la ciudad y otros lugares, donde muchas cosas siguieron su curso, sin preguntas y sin las ganas de formularlas, el mundo se sumió en sueños macabros, en violentas pérdidas de memorias, en apropiarse ideologías incomprensibles, sin análisis ni debate, sin plantearse siquiera si realmente fue una guerra o si se arrasó con el que nunca imaginó las palabras masacre o genocidio  y en ocasiones, aún no balbuceaba ninguna palabra.
                                               Esos ojos quedaron ciegos por miedo y asco,
                                               por la viscosidad de las especies frías-inhumanas-aberrantes.
                                               Ya no tienen edad
                                               quizá vivieron, viven o vivirán
                                               en el encierro de su propia sangre.
                                               Años después
                                               sublimarán, olvidarán
                                               los milenios de vejaciones,
                                               cuando no entendían
                                               cómo alguien le arrebata
                                               la risa a la inocencia
                                               para ahogarla en un estanque
                                               de almas muertas,
                                               mientras el silencio cobarde
                                               acompaña a un miedo absurdo
                                               espectador de puñales que se ensartan en lágrimas vírgenes.

En las calles, por donde se mueven miles de seres durmientes, en las que ahora se ven vehículos y gente que camina al trabajo, a casa, a la nada, en esas calles murió gente, mataron gente, desaparecieron gente que peligrosamente podía pensar por sí misma; la asesinaron como a perros —según los verdes y los corbatas—, a perros a los que le prepararon la despedida, que además de descarada, era inhumana y demasiado cara para eliminar a un simple perro. Toda una red enmarañada de sistemas bélicos cubría este país por aquellos años, aunque se intuye aún —y por casualidad, si es conveniente para esa mafia disfrazada, y en muy contadas ocasiones, casi no mencionables, se encierran a exjefes por ello— que hoy las arañas están colocadas en los mismos puestos de ayer.
No hay otra opción que el muro. Pero hay algo nuevo en él. Habla. La mano se desliza descifrando cada letra que acaba de aparecer. Es posible que estuvieran allí antes de despertar. Como un libro habla solo si se abre, este muro quizá también sepa callar. Los dedos se mueven a un ritmo singular, acarician la superficie. Aquellos ojos que se iluminaron entre la incertidumbre todavía no saben a quién pertenecen, pero comienzan a discernir que tal vez el porqué de aquella arena se encuentre en ese muro que empieza a tener voz.
Los pasos agigantados del dios Tiempo pisan el 1990. Han pasado siete años. Miles de niños empezarán inocentemente la escuela, una de ellos aprenderá los números, las letras —y tras ellas, sin saberlo, descubrirá la capacidad humana de crear y destruir—. Antes de que esa niña aprendiera inútilmente a dividir, otras miles de voces gritaban ya al son de disparos y hambre, de dolor y miedo. Los tartamudeos que quisieron imitar palabras para no negar la indignación aún gritan por aquellos que se perdieron y tratan de ser rescatados desde el olvido, ese terrible limbo que se respira sobre la superficie y las entrañas de la indiferencia.
Por esas fechas, se escuchará por alguna vaga razón hablar de exiliados que regresan. ¿Quiénes son? ¿De dónde regresan? ¿Por qué se fueron? ¿Por qué regresan? ¿A quién le importa?, a los siete años muy pocos tienen la iniciativa de buscar sinónimos. Exiliar: desterrar, confinar, deportar, expulsar, extrañar, echar, expatriarse, emigrar, marcharse, aislarse. Tendría un poco más de sentido si nos enseñaran unos cuántos sinónimos antes de empezar a crecer. Del lado oscuro de esta historia, a los siete años ya se experimentaban todos esos sinónimos en carne propia aunque no se supiera nombrarlos. El ascenso de las mutilaciones empezó décadas antes: 1960, 1970, 1980, quizá antes, mucho antes, como costumbre que no dejó de practicarse.
Se vacila si se debe afirmar que existen o existieron héroes. Pero no, no existieron ni existirán. Quizás solo pasaron sobre la tierra cristos, demasiados, esos llamados mártires, como aquellos que fueron apuñalados 27 veces en la calle por gente verde o parda con el disfraz del terror y el silencio, porque se buscaban verdades obscenas. Aquellos que fueron violentamente arrancados de este mundo sin encontrarse aún fantasmas o despojos, y aquellos que se rindieron con la bala voluntaria en la garganta o con medios más baratos, para apartar las imágenes de vacíos quebrados con rostros de niños agonizantes. Varios restos fueron encontrados, o más bien, dejados como advertencia de que se podía manipular la fragilidad de seres humanos; a algunos hombres los hicieron callar arrancándoles la lengua, quizá porque sabían que eran poetas.
El ingenio en las torturas superó la táctica establecida; casi todas las mujeres en la encrucijada fueron ultrajadas no solo una vez. Quienes no murieron, durmieron y despertaron con el trauma silencioso del desarraigo hasta de su propia alma. Las cifras de víctimas fueron soberbias, se contaron sobre todo campesinos y se incluyeron catequistas, curas, religiosas, supuestos subversivos, estudiantes, intelectuales inermes que perecieron por un balazo en la espalda, por no cerrar los ojos a una realidad tan lacerante.
Hilos invisibles movieron a su antojo los sucesos. De acuerdo con los medios de comunicación, los verdes vencían —con autorizaciones forzadas sin motivo—. Lo que no publicaban era que los verdes vestían de verde a sus recién asesinados, lo cual justificaba subversión y crimen. Colocaban evidencias falsas minutos antes que la cámara consiguiera la imagen, o el bolígrafo, la versión no discutida de los hechos. Ese sector libre pensador y que difunde su verdad como cuarto poder fue el borrego más grande, sin que la experiencia de los años cambiara la forma de ofrecer la noticia hasta nuestros días.
Existieron y existen todos los posibles personajes de la tormentosa historia de horror en la que se convierte la masacre masiva de personas, es decir, el instrumento político que algunos llaman guerra: altos mandos de inteligencia, dobles agentes o agentes infiltrados, francotiradores, una industria armamentista, traficantes de armas, escuadrones de la muerte, grupos paramilitares, organizaciones guerrilleras obviamente débiles, formadas muchas veces por civiles que no encontraron otra opción que aprender a utilizar un arma, y viles engendros que se regocijan en matar por matar.
Duda. Es una palabra corta, precisa, realmente es un verbo conjugado en tercera persona y en presente indicativo. Pero eso es lo bello de un idioma, en este caso esa palabra tatuada en la faz de nuestro muro es realmente Duda, verbo conjugado en segunda persona y en modo imperativo. Es una orden. El muro le ha ordenado a una persona, a la que lee, que dude. ¿Dudar?, ¿de qué?, ¿por qué?, ¿de quién?, ¿de mí?, ¿de eso?, ¿del muro? ¿de todo?
Dos años después de la fecha anotada, 1992, el mundo se mueve imitando a las serpientes —con sus sinónimos rastrero, servil, bajo y pérfido—, es más, se ha convertido en un endriago reptante que pretende que el ser humano sea despojado de tajo de su inalcanzable paraíso; la pregunta ahora es ¿cuántos y quiénes integran esa congregación de monstruos multiformes que adormecen a la masa, y la privan de su mínimo jardín ensangrentado? ¿A quiénes les conviene? ¿Cuáles son sus nombres?, quizá al nombrarlos se vuelven más reales y dejan de ser entes sin forma que succionan el espíritu a los borregos.
                                               La violencia nos arrastra,
                                               es la ola roja que vemos cómo sepulta nuestra piedras,
                                               inmóviles, perpetuas
                                               las incondicionales piedras...
                                               Se aprende a nadar en la ola,
                                               con el residuo de sangre en las palabras.
                                               Al hablar no nos percatamos
                                               de que casi nos ahogamos
                                               en la pervertida corriente
                                               que golpea nuestros cuerpos
                                               tan duros como rocas,
                                               encallados de soportar el dolor-angustia,
                                               que no nos mata por el poder sobrenatural de la ignorancia.

En todo ese lapso, el muro, que simula obstáculo, extiende su tatuaje entre espinas caladas y pronuncia otra orden: ¡Excava! Nuestro aún protagonista autómata empieza a percibir que algo arde dentro de sí, y aunque no se explica esa particular llama, levanta, con el ímpetu extraordinario de un loco, el brazo y el puño contra la inusual muralla.
En 1996 a quien hubiera nacido catorce años antes simplemente le interesaba una papa la historia y la situación actual de ese país, de las cuales nadie expresaba una versión comparada de los acontecimientos ni de los involucrados, es decir, todos los habitantes. Sin embargo, muchas negociaciones políticas de Estado e internacionales, con sus respectivos interesados y beneficiados, quedaron ocultas al resto de una población acostumbrada a callar, a conformarse con las miserias y a reírse de su propia desgracia, lo cual era legado que dejó la violencia y el divisionismo entre los bloques en discordia, mal que posteriormente se trasladó al inconsciente colectivo de una nación durmiente, que no se arriesgó a pensar por sí misma si no fuera para provecho personal.
Se firmó la supuesta paz ese año, acto que algunos celebraron y otros tuvieron que ver, incrédulos, como a eso llamado independencia, hacía más de cualquier cantidad de décadas, plasmada en papel sin realidades visibles. Los adolescentes se enteraron del acontecimiento por el mero hecho de haber sido televisado. El dios suspiró e hizo una mueca después de 36 años de conflicto, tal vez porque tendría que experimentar más deyavús en ese lugar falto de memoria.
Otros dieciséis años han pasado desde entonces, casi ningún crimen fue investigado, algunos casos seguidos insistentemente aún no arrojan a todos los culpables, el benévolo olvido permitió que la población creciera, solo en número, sustituyendo a familias enteras que fueron exterminadas; los asesinos continuaron asesinando, de estos a veces, solo a veces, aparecen sus cadáveres entre matorrales con señales de tortura —quizá fue la venganza  de antiguos camaradas—. La profana crueldad es cotidiana, dicen que ya no hay guerra, pero hay víctimas día a día —puede que existan relaciones entre los fantasmas y los difuntos—.
El muro se tiñó de carmín y el cuerpo quedó acurrucado al pie de este con los puños destrozados. Era válido el intento. Muchos otros habían recorrido el trayecto que los confrontaba con aquel dique, cada uno procuró conspirar contra él: viajar, huir, golpearlo, ignorarlo, sentirse consciente de que se es muy frágil frente a una superficie tan dura; ocuparse en otras cosas como conseguir dinero para sobrevivir o multiplicarse. La dificultad en ello es engendrar espejos del olvido y ser eterno en la repetición de una historia frustrada. Sin manos y el cansancio a cuestas, nuestro recién desadormecido espécimen ha adquirido una habilidad: ha comprendido que los avistamientos de su futuro pueden sorprender al dios más paciente de todos. Se ha levantado y, de cara frente al muro, quizá regrese sobre sus arenosas huellas u observe mil veces el horizonte o los miles de horizontes detrás de la muralla que la fuerza no romperá.
La niña que aprendió a leer hace casi tres décadas se descubrió a sí misma huérfana de identidad y de recuerdos. En la poesía encontró una voz más fuerte para repetirse lo que otros callan. Ella, como el sujeto ensangrentado de consciencia al pie del muro, se topó con mil dudas, una realidad amorfa, obituarios ocultos y nada resuelto. Cada uno llega a esos obstáculos, que solo serán los primeros, para descubrir que sí se es demasiado frágil.
Este muro, como tantos otros que tiene esta tierra, es más imponente que volcanes, lagos y montañas. Romperlo, cruzarlo, es dejarse la piel en ello al tratar de justificar lo que se ama sin que sea un sinsentido, unas veces irónico; otras, perverso. Porque hay amor en esta sangre, en este barro rojo, en ese miedo incontrolable de ver a un asesino en el rostro de alguien más.
                                               Este es el país de los imposibles,
                                                donde las madres limpian la sangre,
                                               huella de crimen cometido por sus hijos.
                                               Donde los asesinos cumplen 80 años
                                               sin cárcel o pierden el juicio antes que
                                               la libertad.
                                               Donde los maridos desfiguran a sus esposas
                                               y al año, abandonan sus cadáveres sin espacios
                                               para mutilar.
                                               Donde un pueblo mata de hambre a sus
                                               innumerables niños.
                                               Donde la ceguera es la enfermedad
                                               común, incuestionable.
                                               Donde todos afirman que este es un bello país.









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