Prejuicios

(Discurso a periodistas en un curso de comunicación)

En enero del 2008, mi expareja falleció a consecuencia de cáncer. Teníamos casi cuatro años de una relación estable, mi primera relación larga. Ese año cumpliría 32 años, tres más de los que yo tengo ahora. Quizá como algunos de ustedes, me tocó estar ahí en los momentos más difíciles y no necesariamente por los efectos de la quimioterapia. Pasó cuatro veces por el quirófano. La primera por apendicitis, en la que encontraron el primer tumor. Como era joven, en la segunda y tercera operaciones se levantó como si le hubieran sacado un par de muelas, y le daban muchas esperanzas. Era una persona brillante, y no lo digo porque fuera mi pareja. Estudiaba letras, literatura, como yo; en su tesis, que no le dio tiempo de presentar, trabajó un enfoque sociológico de la posmodernidad en el libro Cárcel de árboles, del autor guatemalteco Rodrigo Rey Rosa, y los relacionó con algunos principios filosóficos que se utilizaron en Matrix. Inició los clubes de lectura de la librería Sophos, de los primeros en la capital. Era muy enriquecedor que 15 personas de estratos y edades diferentes habláramos sobre un tema en común: un libro. En una ocasión participó en un programa de rehabilitación para reos, que consistía en contarles un cuento a un grupo de ellos. Le impresionó la respuesta de los presos cuando terminó de narrarles La metamorfosis, de Kafka. Estaban impactados de cómo un tipo se puede convertir, de la noche a la mañana, en una cucaracha gigante. En algún momento pensó en hacer su EPS en un programa similar. Organizó y participó en varias lecturas de poesía en la universidad, en Sophos y otros lugares culturales. La Editorial Cultura publicó un libro póstumo con sus poemas, que se titula El dulce recorrido de mi fin, fue un tiraje pequeño para familia y amigos, del cual quizá quede algún ejemplar en Sophos. En una de nuestras últimas conversaciones me dijo: “No te vayas a creer que lo que me está pasando es un castigo de Dios por ser lesbiana”. En ese momento me pareció un comentario tonto y fuera de lugar, pero después comprendí porqué lo había dicho. Mucha gente aún piensa ese tipo de cosas, simplemente porque tiene prejuicios y utiliza términos como maricón, marimacho, marica, hueco como insultos porque no conoce o no quiere conocer otras realidades que no se parecen a la suya. En un país como Guatemala, considero que los prejuicios son algo que nos detiene y nos impide hablar de ciertas cosas como son. Estos días he pensado en la anécdota que nos dijo Edín sobre que él no practicaba marcha porque en su pueblo consideraban homosexual al que sí lo hacía, y es curioso que cuando se trata de una plata olímpica y nuestro orgullo nacional se olvida este prejuicio. Hay esquemas mentales muy difíciles de cambiar y quizá puede ser porque ni siquiera hemos reparado en ellos. Por ejemplo, podría la mayoría de guatemaltecos entender que yo no soy atea pero tampoco soy cristiana; que soy lesbiana pero no odio a los hombres. Que soy mujer pero no soy feminista, y que no soy feminista, pero sí defiendo que respeten mis derechos de mujer. Que soy homosexual pero que sí tengo una opinión sobre la familia. Que considero familia a los núcleos que no necesariamente son papá, mamá e hijos. Que considero que no todas las mujeres tienen que ser madres ni que todas las mujeres que tienen hijos lo son. O que la religión o nuestras creencias no deberían bloquear el diálogo sobre la educación sexual, el aborto y el desarrollo. ¿Está preparada Guatemala para escuchar opiniones diferentes?, ¿están los medios de comunicación nacionales preparados para hablar sin prejuicios sobre estos temas? En el 2010, Ricky Martin salió públicamente del closet. El día que se cubrió la noticia abundaron las burlas y los comentarios homofóbicos en la oficina de redacción, y escuché a un corrector de estilo, que ya no trabaja con nosotros, decir en voz alta, para que todos lo escucharan, que él no quería corregir esa nota, como si el leerla pusiera en duda su orientación sexual y quisiera reafirmar con ese comportamiento infantil lo macho que era. Siempre he considerado, por muy acostumbrados que estemos, un poco enfermizo esa manía que tienen algunos compañeros de dejar muy claro que son “verdaderos hombres”. En casos de crímenes de odio en EE. UU., los agresores y asesinos de homosexuales o travestis han utilizado el argumento de que en el hecho estaban defendiendo su masculinidad, y no hacían nada malo porque, consciente o inconscientemente, beneficiaban a la sociedad. Cuando Gaby murió, su familia, nuestros amigos, sus compañeros de trabajo, conocidos y mis dos hermanas me dieron el pésame como su pareja. En ese momento se me vinieron abajo muchos esquemas mentales, sobre todo que la gente, guatemalteca, aunque no lo diga, entiende que el amor no tiene orientación sexual, y que nuestra relación hizo que mucha gente reparara en ello.

 22 de agosto de 2012

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