Síntoma de escritor embrionario
(Cuento)
“No hay nada listo
entre mis dedos, todo sabe a nostalgia de no haber in-ten-ta-do,
de... de haber caído en el conformismo de un
hacer-que que mata”, reflexiona con dislexia el tartamudo.
Un alma gris teclea
suicidios arcoíris, mientras baila con la sombra reflejada en un
escritorio improvisado, un crucero en tinieblas.
Afuera (las
publicaciones impresas siempre son extrasensoriales), una voz grave
grita: ¡¡Yo!!, mientras la ceguera del escritor se hace más clara.
Saramago sabe.
Él aplaude, como con
cadenas, el sabor del arte en otros rostros-espejos. Después, muy
despacio, ensarta el cuchillo lento pero fuerte… blande la mano
sobre sus hijos no paridos, que se olvidan, y esparce sobre la mesa
los retazos de su vida, un inmenso puzle que se desarma a cada
instante. La inconstancia del ser.



Bien.
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