Dice Eliot
(poema-relato)
Foto: Vadim Kaipov
Dice
Eliot que a los poetas les gusta la violencia disfrazada de palabras bellas. No
todas las palabras son bellas, pero para conseguir el efecto debe hacerse un
telar de imágenes que pueden no ser majestuosas y puedan interpretarse como
nudillos recubiertos por sangre y vísceras.
Dice
Eliot que a veces los poetas son los ilusos que abundan sobre todo en las
calles y las oficinas. Que sueñan resentimientos y bondades en cuerpos
espaciales y oscuros, que vomitan conejos, termitas o estrellas. Que son como
los encarcelados en peceras, con camisas de fuerza y que escapan de la rutina
gris tras versos rojos y lilas.
Dice
Eliot que los poetas sufren y sonríen infinitamente porque la sensibilidad los
ha embadurnado con cera y sus miembros se despedazan cuando se quedan atascados
en una ciudad hostil sin puertas ni ventanas.
Dice
Eliot que los versos son conjuros que llaman súcubos que se enredan en cuerpos
de íncubos, y que mientras danzan y se aman hieren de muerte al diablo que
engendra hijos terrenales en orgías con los ángeles.
Dice
Eliot que quien escucha a un poeta puede que se le tense la médula y caiga
acuchillado en la banqueta de una calle amarga y apagada, mientras los perros
hambrientos deciden comerse un bocado de indiferencia tomado del rostro del
yaciente.
Dice
Eliot que los poetas y los idiotas fuman cigarrillos para espantar las
pesadillas, pero que solo los primeros consiguen atraparlas y moldear adornitos
como de porcelana. Como si succionaran su propio espíritu y lo torturaran
mientras lo tatúan lentamente, página por página.
Dice
Eliot que los poetas son seres imprecisos, un día se difuminan y otro día son
rockstars que ingieren sus jugos gástricos, que mastican mierda y tragan vainas
de espadas japonesas llenas de metal y filo.
Dice
Eliot que los poemas son peces fríos, a veces tornados y otras, refugios alados
y permeables. Que son como casas que flotan o besos que arden y amargan los
labios pero que dejan sed de hieles más honestas.
Dice
Eliot que muy pocas veces los poetas se disfrazan de personas, porque el
rechazo a ellos también les duele, porque no pueden esconder lo ridículo de su
miedo, lo inefable de su angustia de ver un precipicio muerto como mar en calma
y que solo haya palabras para anunciar el suicidio colectivo.
Eliot
habla en las noches calurosas. Se bebe un vaso de agua, quiere apagar los
caballos desbocados que relinchan y saltan sobre su cama. Dice Eliot que también
es poeta, que está muy cerca de degustar vértigo, suspensión o pólvora.



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