Narciso sumergido
(cuento)
Foto: Jacob Walti
Joaquín
había aprendido a quedarse detrás de las rendijas. Así como observaba y sentía,
así callaba y asimilaba. De pequeño le habían hecho creer que su cuerpo se
quebraría al menor contacto con otra piel que no fuera la suya.
Joaquín
aseguraba que era frágil, se creyó que tenía piel de cristal y soñó con tener
escamas. Salía de su escondite de día solo cuando nadaba. Era un precioso ser
marino, al que le costaba respirar fuera del agua.
La
capacidad de la mente para engañar lograba que Joaquín se viera a sí mismo como
pequeño, aunque midiera 1.80 metros de altura en su adolescencia; pálido,
aunque su bronceado fuera perfecto gracias al sol y al agua. Su cuerpo era
atrayente, pero él prefería esconderlo. La distancia entre su percepción y la
realidad era un mar revuelto y profundo, oscuro y frío.
En
su habitación le habían hecho construir dos armarios, uno fungía como tal y el
otro como una pequeña sala de lectura. Era el lugar perfecto para cualquier
empedernido soñador que se pierde entre libros. Un encierro honesto y apacible.
Con lámparas adecuadas y un sillón confortable como un abrazo en el que podía pasar
eternidades entre páginas y sin gente inoportuna. El segundo armario era su
búnker. El pequeño soldado herido se protegía de la violencia que representaban
los otros.
Cuando
se volvía invisible, porque pensaba que la noche le concedía el poder de
desaparecer, vagaba por aquella mansión californiana llena de fantasmas y
sirvientes. Le gustaba ver desde las rendijas. Cada una de las puertas tenía
sus secretos, observaba a media luz lo que había detrás de ellas.
Con
ojos ingenuos había visto desde muy joven cómo su propio padre violaba a las
hijas de las mujeres migrantes que conseguían trabajo en la mansión. También
había visto cómo su madre cambiaba sus disfraces de dominatriz a sumisa según
el hombre que la azotaba o se dejaba atar por ella. Había visto a dos de los
jardineros tocarse, penetrarse y escupir la leche que habían bebido de sus miembros
erectos.
Había
entendido que los cuerpos son objetos de deseo, son cárceles, son promesas, son
puertas que se abren y se cierran frente a otros cuerpos. Comprendió sin
experimentarlo que la destrucción y la vida viene de esos cuerpos algunas veces
mutilados, a veces hermosos, a veces demasiado frágiles como el suyo.
Comprendió
que el ser humano es caníbal, es un ser insustancial que adora ídolos de carne y
solo temporalmente; que se pierde entre pieles buscando refugios o salidas. Siendo
observador comprendió que estos seres que estudiaba parecían o estaban vacíos y
querían llenarse de algo, lo cual superaba cualquier otro sentimiento.
Entre
rendijas, Joaquín, que desconocía muchas cosas por falta de experiencia y que
quería tener escamas, formuló tres teorías básicas sobre sus sujetos
cognoscibles. La primera era la teoría de que la cópula es una manera de sentir
que la vida es infinita, es decir, en un tiempo relativamente corto los dos o
tres seres que se entregaban uno a los otros prolongaban la existencia mediante el éxtasis,
la depresión posterior era la regla y comprendía un periodo relativamente más
prolongado.
La
segunda teoría era la que intuía que el ser humano era superficial, ya que
primaba el cuerpo sobre su esencia, si es que existía ese algo terriblemente
complejo de asir y explicar, de tal modo que así como extendía por minutos la
vida en el éxtasis, así podía cambiar de cuerpo y sentir de nuevo lo mismo.
La
tercera era que había un concepto sobre los opuestos, lo blanco y lo negro, sobre
el dar y el recibir que le daba superioridad a uno cuando eran dos, a dos
cuando eran tres, algo que denotaba una binariedad simplista de femenino y masculino.
En muy pocas ocasiones, Joaquín veía que los roles se diluían, las partes eran
hermafroditas, lo masculino y femenino ya no tenían relevancia ni estaban
separados, por lo que podía afirmar que al diluirse se encontraba algo muy
parecido a lo que los libros llamaban felicidad.
El
acto sexual era entonces fascinante de presenciar. Podía ser violento, intenso
y cruel, incluso con culpa, pero también podía ser lentamente tierno y
ridículamente puro. Sin importar los adjetivos, podía ser tan básico como
satisfacción o maravilloso como ideal.
Con
el pasar de los años, Joaquín descubrió que la sexualidad humana tenía matices como
muñecas matrioskas, poco mencionados y experimentados. También comprendía
procesos cíclicos que algunas veces se detenían por razones irreconocibles.
Algunos le daban tanta importancia que se perdían en laberintos pardos donde se
pierde la identidad.
Joaquín
era sobre todo un observador de su propia especie. Podía distanciarse para
comprenderla, compadecerse de ella y saber que no la necesitaba. La
experimentación, la curiosidad y su supuesta fragilidad, por no llamarla
inutilidad heredada, lo empujaban a hacer el amor con el agua. Un todo lo
envolvía y lo traspasaba, y él podía eyacular y hacerse uno con el líquido que
lo protegía. Él no necesitaba otros cuerpos, no se subyugaba ni deseaba
esclavizar a otro ser humano, animal o fantasía inorgánica. Era quizá un
renacido Narciso que había comprendido la complejidad del acto sexual, y aunque
con el tiempo había podido enamorarse de sí mismo, no necesitaba ahogarse para
discutir el mito.



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