Eli
(relato)
Foto: Felix Russell Saw
Foto: Felix Russell Saw
La
encontré en una tienda. Habían pasado meses desde la última vez que compartimos
sábanas. Estaba hermosa y radiante como siempre, incluso más risueña que de
costumbre. Al verla, no supe muy bien cómo reaccionar, mi primer pensamiento
fue que lanzaría contra mi cabeza cualquier objeto disponible a su alcance. En
mi cabeza hicieron eco sus palabras de tiempos sin fecha: —N., no vuelvas—.
Caminó
hacia mí, me quedé inmóvil. Sujetó con ternura mi brazo marcado y se inclinó
hacia mí como lo hace una vieja amiga para darme un beso en la mejilla. Hizo
las preguntas de cajón: —¿Cómo estás? ¿Qué tal tus papás?—. Respondí
mecánicamente: —Bien, bien, gracias.
La desconocí como la había desconocido tantas
veces, incluso durante el sexo de las últimas dos noches. A ella la habitaba
otro ser, uno con necesidades básicas para el olvido, sediento, para el cual el
amor ya no era sino una mezcla de compasión, deseo, gratitud y urgencia.
En
la tienda buscaba algo para Eli, una nadería con gracia. Algo distinto,
curioso, pequeño y significativo en medio de un centenar o millar de baratijas
iguales. Ella hablaba serenamente del padecimiento de la niña, como un oleaje
lento en verano. Observé que sufría; ese alejamiento y esa pasividad que
portaba como velo cubrían un sufrir silencioso y profundo.
Eli
había sido la única razón de su vida, el único motivo que nunca había estado lo
suficientemente cerca para abrazar, para cuidar en un resfrío, para verla dar
sus primeros pasos. Cuando le preguntó: —¿Mami, entonces tendrás hijos con N?—,
Eli pensó por primera vez en la palabra “hermanos”, y ella pensó en culpa y
remordimiento por haber querido un hogar
para esa hermosa bebé que se había gestado en su vientre, sin planearlo
ni desearlo.
Las
decisiones se toman. Eli fue una decisión contundente como un marcapasos
explícito que le devuelve al corazón un ritmo artificial. Cuando Eli viajó a
Canadá en los brazos de su madre adoptiva, ella se rompió en piezas pequeñas e
irreconciliables. Los seres humanos somos vestigios de destrozos. Muchos años
después, ella seguía siendo un vestigio precioso; aún guardo candente la pieza
abrazadora que le pertenecía a ella y que no le devolveré nunca.
Si
ella me hablaba de Eli en esta tienda, era porque ya no le importaba saberse
sola. Muchos la habíamos abandonado, muchos jugamos con sus sueños, muchos nos
alejamos de su impetuosa manera de exigir lo que éramos incapaces de ser o de
dar.
Entre
una lista larga, mi nombre era el último que había sido tachado de su vida, y
ella se tomaba muy en serio aquella lista.
Después de haber roto, renegado y aceptado, mi corazón estaba
culposamente en paz. Verla ahora caminando junto a mí, entrelazando su brazo
con el mío y contándome de Eli era un alivio que me confundía inmensamente.
Nunca
supe si llegó a aborrecerme y a odiarme. Me turbaba porque comprendí que nunca
fue mi amiga, no logramos construir eso. Escucharla hablar sobre sí misma y su
pasado era como la liberación de su propio orgullo, y yo sabía que para que
ello aconteciera algo estaba enteramente retorcido en su existencia y le
oprimía el espíritu.
El
perdón no era común en ella, y la reconciliación solo sucedía cuando se daba
una tregua para detener la realidad, para aparcar el torbellino que la ahogaba,
para balbucear un dolor ajeno, aunque fuera el que ella misma llamaba
intolerable.
—Me
dio gusto verte—, dijo al fin como quien se dirige a una persona a la que jamás
le interesaría ver de nuevo. Su mirada estaba fija en la mía, sin mayor expresión
que la distancia. Estrujó con fuerza mi brazo marcado, quizá porque recodó que
algo en él la representaba, y caminó calle arriba.
Pasé
minutos, muchos, viendo cómo su silueta se encogía con cada paso hasta
desaparecer en una esquina. Pensé en Eli, en sus ojos vivos y rasgados, en su
sonrisa, tan parecida a la de ella. Recordé que en algún momento de mi vida
junto a ella soñé que Eli era también mi hija, la segunda que perdía.



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