La salida del espejo


(Cuento)

En el fin del mundo brillaba una luz mortecina que amenazaba con una esperanza. En el día que nadie recuerda, una niña jugaba con las cenizas de su propia alma. En la canción de su juego –porque siempre hay una canción- tarareaba entre dientes un vestigio de la palabra muerte y otro vestigio de la palabra vida; y los ojos se le llenaban de ausencia, porque las lágrimas se habían extinguido hace nueve décadas. En su profunda inarticulación de deseos, sentada en la arena como estaba, cayó del cielo un libro de pasta roja. En un desgano breve de incertidumbre, dibujado en sus labios, tomó el libro, pasó las páginas y descubrió que algo faltaba: no había impresión alguna, ni dibujos, mucho menos aquellos vestigios que ella tarareaba. Supo de repente, como si alguien murmurara una orden en su oído, que tenía que buscar… pero su intuición no llegaba a despejar qué. A su mente entró como visita de domingo, la idea de moverse y caminar, dejando atrás el juego de su alma, que ya volvía a incorporarse, figurándose en imagen de gris-humo, que no siendo espejo era igual a su dueña, y casi convirtiéndose en agua se evaporaba al contacto de la piel de la niña, que para este transcurso de líneas sabemos ahora que su nombre era simplemente Sara.

Era sencillo deducir el nombre, pues lo llevaba tatuado en el dorso de su mano izquierda. Caminó por el sin-camino que no se dibujaba ni en la línea recta de una lógica aritmética. Caminó sin sentir el tiempo, que no existía, y sin sentir cansancio, que ya era bastante inerte para esas fechas. Sin seguir conejos blancos, se sumergió en un espeso portal de cristal que se topó con sus pasos, en el que la única cerradura era su propia imagen quien la llamaba para que la acompañase a ese mundo líquido.

Decidió que primero tiraría el libro, y si se quebraba el espejismo, sus pasos seguirían con el mismo sin rumbo con que habían iniciado el cuasiespectacular movimiento que la rescataba del anodino juego con su consabida alma.

Tiró el libro contra su imagen, no esperando el sonido de vasos rotos, y, como lo pensó, todo fue silencio. Sara sintió algo que no sabía nombrar, al ver que la niña en aquel espejo no sujetaba entre sonrisas y entre un acto reflejo el libro rojo. Observó detenidamente sus manos vacías, y comprendió que aquello era precisamente lo que esperaba, pues el libro se hallaba ahora en el suelo de aquel otro lugar que no se había destrozado por el no estrepitoso y no contundente lanzamiento de ese objeto tan pequeño y tan rojo. Cruzó aquel portal decidiendo cerrar los ojos, por si aparecía ante ellos desagradables monstruos amarillos, pues ella los prefería verdes. ¿Cómo sabemos eso? estaba escrito en su mano derecha, he aquí la leyenda: “Sara prefiere los monstruos verdes”.

Con ojos cerrados, atravesó el seudolaberinto. En este momento, qué podía esperar esta niña; cualquier cosa dirá el lector, pero no. Ella, la pequeña y diminuta Sara, esperaba algo muy particular: una guillotina acabada de usar. Por qué, pues muy sencillo, porque así no le tocaría a ella usarla. Y si se piensa, también se podía esperar algo más, ¡cómo se pudo pasar por alto!, Sara esperaba que al encontrarse en aquel otro extremo, en aquel otro supuesto mundo imaginario e irreal –como lo pensó en su momento Alicia-, ella, Sara, la niña que prefería los monstruos verdes y no usar una guillotina, esperaba simplemente que ella fuera una niña como cualquier otra.

 (18 octubre de 2007 - 23 julio de 2008)

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