Noche bohemia


(Cuento)

 En una noche con amigos un poco excéntricos, tuve un déjà vu: no soy poeta ni escritora; pero quizá un poco como ellos, que demandan atención.

La habitación, pequeña para incrementar la creatividad, se encontraba poco iluminada. El licor, en una esquina, otro de los invitados imprescindibles, ya se había derramado por la alfombra, como para reafirmar su presencia.

Uno a uno, con sus inolvidables huellas, llegaba, entraba y escogía el sitio que hacía suyo para el resto de los días. El refinado Bécquer pisó por descuido la mancha de vino; porque buscaba, como siempre, un perdido rayo de luna. Gogol llenaba de sutiles sonrisas las arrugas confusas del estimado Faulkner. Edgar, con cara de espanto, pretendía empezar la historia que tituló El gato negro, pero Hesse entró acompañado de hienas, y bajo el brazo, un enorme espejo que hizo temblar al pobre Borges, que para esos días ya tropezaba con todo. Aunque no quisiéramos, Óscar, galante como su Príncipe feliz, celebró el brindis, que, a fuerza, arrancó los aduladores aplausos de todos, sin contar con el improperio escandaloso de Miller, que ya se apoyaba en alguna mesa.
Cuando ya amanecía y la nostalgia apareció entre lágrimas embriagadas de alcohol o de ternura, Virginia y Silvia se acercaron a la ventana, recordando cómo se acariciaba una página vacía. Pizarnik casi se lanza, si no es porque Nietzsche encontrara el momento para explicarle el tema central de Humano, demasiado humano, y le advirtiera de que sólo se trataba de un segundo piso.

La última ronda de historias la cerró Cortázar, con un dramático relato de Octaedro. Y alguien, no recuerdo quién, recomendó leer algo del ya olvidado Yukio Mishima, ¿o era Chejov? La verdad, tampoco puse mucha atención.

La madrugada transcurrió entre anécdotas, chismes, lecturas breves, para no estropear los aún no publicados textos, sin que faltaran disputas y reconciliaciones entre varios de estos singulares personajes.

-Buenas noches, un exquisito gusto-, repetía a quien cruzaba la puerta, en intento de despedida, y cansada, como cualquier anfitrión, me dije que limpiaría el desorden por la mañana. No sé por qué me sorprendí, cuando al cerrar la puerta, descubrí, apilados como libros, a otros cientos de invitados, que no se irían, sin antes brindar conmigo y dejarme una buena frase en los labios.


(13 de junio 2009)

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